sábado, 27 de diciembre de 2008

Pintura 'Panik' de Barbara Mittelhotz





CUANDO


Cuando hay guerra no se para la pluma,
cuando vuelan los misiles

se abren los bunkers
y el verso es el consuelo
¿Pues que otra cosa hacer?
Cuando se mata...
se mata a la poesia
por esto hay que revivirla
en grito de tinta y dolor...

lunes, 22 de diciembre de 2008


Evolución

Me has tomado en tus manos
oruga vencida en la tierra
y alas vibrantes
me llevaron hasta
mil soles
en tus pupilas.





Agradezco a DESEO EDITORES el envio de buenos augurios para las fiestas que hago extensivo a mis amigos, colaboradores y lectores.

miércoles, 26 de noviembre de 2008

Mariposas en la barriga


Nos daremos el lujo de ser felices –dijo, y su pensamiento se le escapaba en voz alta. Mientras la lengua de ella efectuaba un ritual profundo, oscuro e interminable sobre la carne tostada boca abajo que se encogía y desgranaba en un espasmo de dicha y muerte.

Nadie en mi cuerpo experimento algo así, dijo_ no acostumbro dejarme…
_Es un beso, se adelanto a decir ella. Al fin y al cabo un beso es un beso, no importa el color…
_ ¿Ni el sitio verdad?
_ Ni el sitio, cuando hay amor…
_Cuando hay amor, repitió él.
¿Por qué crees que debes hacerlo?
_ Me gusta saber que te hago feliz. Cuando se ama de verdad, se pierden los pudores y el sexo se enaltece.
-Pues, es raro en una chica. En general lo dan los hombres, aunque yo tampoco lo ensayo, como te dije.
_Te enseñaré todos los trucos para que nunca me dejes.
_ Me gustaría saber dónde aprendiste todo eso.
-Bueno, en mi casa había una señora que nos cuidaba, ella había sido una ex monja, debajo de la cama tenía unos pepinos de goma que saltaban solos.
-¡jajaja!
- Y cuando yo cumplí los quince años me llamó a su cuarto y me enseñó a darle un uso distinto a la verdura.
- Pero si eras pura…o, no…
-Si lo era. Pero usó una muñeca vieja.
- ¿Y luego te pasó como a la muñeca?
-No, no. Me costó mucho entenderlo hasta que casaron a mi hermana y ella me lo explico de otra manera. Fueron seis meses después. Ella sólo habría las piernas y cerraba los ojos. Y un dolor de goce le cubría como un manto de frío, lo raro era que hacia calor. Digo lo del frío porque tiritaba.

- Son raras ustedes las mujeres. Porque si no se les coloca se quejan y si se les coloca, también se quejan.
-Es que gusta dejarse, sólo que después hay que disimular.
-Que somos el primero…
-No, que somos totalmente inocentes y eso es más duro.
-Una tía mía nos enseñó que es mejor por aquí, -le dijo ella, dándole una palmadita. Así nadie se da cuenta. Las más osadas del pueblo, lo hacen, pero luego viajan a la capital para que el doctor las devuelva intactas.
-¡Vah! Yo siempre pensé que de verdad eran vírgenes, ustedes…
-No escuchaste que algunas se caen de los caballos…
-Varias veces, y hasta de los burros…
-¡ja,ajjja!
-¡ja,ajja!

Marcela Vanmak
Octubre, 2008, Argentina

martes, 25 de noviembre de 2008



Si tu sueño de amor no se cumple, escribime y te hago un poema de acuerdo a su perfil, quiza Cupido de en el centro y caiga presa de pasion lirica.

sábado, 20 de septiembre de 2008

Todo bien

Mi muy querida amiga,

Aquí estoy, querida mía, convertida en un ser absolutamente virtual.
No tengo identidad, ni aprobación para sacar la licencia de conducir. Aún no me han dado el permiso de trabajo y no tengo ni hogar, ni carro, ni teléfono ni nada. El celular no lo puedo comprar aquí, porque me piden los datos anteriores. No sé como se las arreglarán los inmigrantes…
Hoy, por ejemplo, tuve que hacerme una foto, para tramitar el permiso de trabajo. Cuando fui a la tienda de fotos, me explicaron el porqué de tanta complicación y de tantas instrucciones para lograr un simple retrato.
¡Ah! - me dijo la dueña- "You need an ear photo!" y el asunto es ese: hay que mirar hacia la izquierda, mostrando el perfil -y la oreja, derechos, para que los de inmigración te ensamblen en su record de orejas, porque dicen que es mas fiable que el de las huellas dactilares. ¡Y yo, que no entendí por qué me pedían tomarme la foto sin mis aretes puestos!
Es una orla increíble de trámites y si te equivocaste y se te fue un punto, la cadeneta no puede seguir y se te desbarata todo lo tejido. ¡Pobre Penélope!...

No quiero entrar en prejuicios, pero lo cierto es que a mí este sitio no me gusta del todo.
Pareciera que la gente y la ciudad están hechas de apariencias y de plástico, como si todo fuese un escenario en el que la vida transcurre como si se tratara de una mala película de ficción, lo malo es que yo soy la protagonista.

Espero que esta primera impresión pase pronto. El capitulo siguiente lo espero casi con temor…

Ya nos llegaron los dos camiones llenos de cajas, con toda nuestra vida metida en ellos, pero aún no hemos encontrado una vivienda en la que quepan nuestros 4000 libros, nuestros otros tantos CD, los tres instrumentos: el clavecín, el clavicordio y el estrenado virginal que, después de haber sido tocado tantísimo por su dueño, me temo que ya no le queda traza alguna de doncellez.
.
De a poco, voy ordenándolo todas las mil y una cosas que hemos ido metiendo en el saco en lo dilatado y vasto de nuestra vida gitana.

Mis hijos me cuentan en telegramas con monosílabos: Luis Carlos está bien, trabajando muchísimo y muriéndose de frío en Ginebra.
Cecilia anda tristona, lidiando con su recién estrenada soledad, habitando nuestra casa de Buenos Aires, que aún no se ha vendido ni alquilado. No debe ser fácil para ella vivir en esa casa fantasma, con tantas ausencias presentes.

Perdona que no te haya escrito antes, pero es que aún estoy en duelo. Como dice García Márquez, el cuerpo viaja en avión, pero el alma viene por tren. A la mía como que me la montaron a lomos de burro, porque todavía no quiero y no puedo separarme de mi querida patria.


Todos los días hago 5 ó 6 llamadas a mis amigas. Que me suben el ánimo y me bajan las defensas. Será por la emoción, cuando corto tengo catarro o tos. Luego me recompongo. Me hacen mucha pero muchísima falta.Pero, no te aflijas, todo bien.

Cuando consiga casa y vuelva a tener existencia y consistencia, te volveré a escribir, para contarte quizá, que estoy feliz, que los gringos ‘me encantan’ y que el círculo cultural supera, con creces, al de mi Buenos Aires querido.

Te quiero mucho. ¡Muchísimo!
Hoy y siempre,
Coralitos.

martes, 12 de agosto de 2008

lunes, 11 de agosto de 2008

CORAL ARENAS


Psicologa. Escritora y crítica literaria. Orfebre. Pintora y decoradora de instrumentos antiguos, con técnicas medioevales. Calígrafa. Ilustradora de libros e iluminadora de textos.Nacida en Caracas, VENEZUELA.
Residente permanente en la REPÚBLICA ARGENTINA desde 1985.
Residente permanente de los EEUU desde 2004.
Como psicóloga, ha trabajado con pacientes crónico - terminales (renales y oncológicos) y con Violencia Doméstica. Domina el Castellano, Inglés, Francés y Alemán. 2003-2006 Miami, U.S.A. Asesora de la Fundación Brillembourg, haciendo de las Artes un espacio terapéutico.1995-2003 Buenos Aires, ARGENTINA Psico-oncóloga en el Hospital Alexander Fleming. Entre otros.

Coral Arenas "Sueño diurno"


Sueño Diurno por Coral Arenas

En el toilette de damas ocurren los milagros. Al trasponer la puerta sale una mujer nueva, con un vestido negro, descotado, muy ajustado al cuerpo, bordado con canutillos y lentejuelas y con una falda (una poshhera) que se abre –generosa, dejando ver el muslo y más allá también.
De los pies han desaparecido los mocasines y las Cenicientas ahora se empinan gracias a unos zapatos muy porteños -las guillerminas- que tienen una correíta que cruza el empeine. Otras se hacen más altas y esbeltas con unos zapatos con pulserita, con una tira fina de cuero, que se abraza el tobillo. Así, con el pie bien sujeto, el calzado no se saldrá del pie de la bailarina cuando ella comience a bailar apoyándose tan sólo en la punta del pie, acariciando el piso, sobándolo, rozándolo apenas, como si imitara el andar de los felinos.
Las damas, ya obrada la alquimia, se sientan a esperar en la primera fila. El caballero se acerca, la mira a los ojos, inclina la cabeza hacia un lado y luego hacia arriba, llamándola a estar con él con enorme rapidez y contundencia. Entonces la señora se levanta, también seria y haciéndose la esquiva... No es momento de sonrisas.
El avance de ella es lento, como si hubiera algo de desgano en esto de aceptar la invitación a bailar. Comienza a caminar, a arrastrarse sobre el piso con la punta de sus zapatos. Su calzado -algo raído en la punta y en el taco- espera con ella hasta que el compañero la toma entre sus brazos, coloca su mano derecha en la espalda, agarrándola estrechamente.
Ella abraza a su compañero con su brazo izquierdo y hunde su cara en el cuello de su pareja. Él mantiene su brazo derecho en una suerte de semi-rigidez y entonces comienza el momento en el que el macho comienza a ejercer el mando.
Este brazo derecho masculino -que hace de timón- y la diestra del caballero mentolado -que dirige los pasos- son los que indicarán a la dama -quien continúa seria- los movimientos que ella tendrá que hacer, obedeciendo siempre, acatando siempre, asintiendo siempre.
La mano masculina subirá o bajará por la espalda de ella.
La presionará con los dedos o con la palma.
Oprimirá aquí con el índice, el medio, el anular y el meñique o bien con el pulgar hendirá allá y la inducirá a barrer el piso con la suela de su zapato, arrastrándolo sensualmente de derecha a izquierda y ser apresada, si él decide juntar sus dos zapatos, aprisionando el de ella entre los suyos, plantándola en ese sitio, dejándola tiesa e inmóvil, durante un tiempo que sólo él podrá fijar.
La liberará y la empujará -displicente- o la volverá a abrazar -seductor- como en un juego enfermizo de un gato y un ratón que agoniza pero que no debe morir del todo, para que el gato perverso pueda volver a darle otro zarpazo y recomenzar el juego.
Así, la mujer aceptará el que su caballero la haga pivotear, girar, abrir y cerrar, hacer ochos hacia adelante o hacer ochos hacia atrás, deslizarse y frenar, quedarse inmóvil o bailar.
Poco importa lo que ella quiera, lo que ella desee. Al final, ella sólo desea complacer al otro.
Su compañero es quien la marca, quien decide qué sucederá durante esos tres minutos y qué no. Serísimo, él mirará entonces fijamente hacia un punto en el infinito, para así encontrar su centro, su eje.
Tras unos instantes de total quietud y concentración, él arrancará nuevamente el juego... A bailarla a ella, a jugar con ella, a quererla y a rechazarla, a enamorarla y a despreciarla.
Se pegarán sus pechos, ella sentirá lo que el otro le dice con sus pectorales. Él se acercará a su oído y le soplará suavemente -en voz muy queda- las reglas del juego, por si ella se atreve a olvidarlas:
“¡Entrégate!
¡Pegá tu mejilla a la mía!
¡Dejáte caer sobre mí !.
¡Así!. ¡Así!
¡ Pegá tu pecho al mío !
¡Pegálo!. ¡Pegáló!
¡Dejáte llevar! ”
¡Entrégate, te diiigo, che querida! ”.

El tango, este romance de tres minutos, es asunto serio. Él manda y ella asiente, obedece, se deja y se da. Él sigue mirando al infinito. Ella no es mirada. Al no ser vista, no tiene presencia, no existe. Lo que no se ve y lo que no se nombra, no es. Hay sólo un vacío... La mirada del otro y la palabra son las únicas claves que tenemos para saber que realmente existimos.
La mujer, grave, cierra los ojos, ya no ve nada, ni siquiera a sí misma. Pega su frente a él, se funde con él y como si fuese de arcilla fácilmente moldeable, toma su forma, se amolda a él, se pierde en él y se abandona.
Ella respira si él la deja.
Se mueve si él se lo permite.
Cede el control total de la situación y se cumple entonces el mandato eterno de
“¡Pensá menos y sentí más!”.

Del tango pasan ahora a la milonga. Son ya las cuatro de la tarde. Si sigo aquí, llegaré tarde a clases. Antes de bajar por las escaleras preciosas, volteo varias veces hacia atrás, tratando de guardar en mi memoria, como intentando sacar una fotografía imperecedera, aquello que acabo de contemplar, sin estar muy segura de haberlo vivido o de haberlo tan sólo visto y observado. Poco a poco, paso a paso, intento entender (con la cabeza, pues ya con mi alma lo había logrado) lo que durante hora y media presencié in absentia, vistiéndome de fantasma, mirándolo todo desde un costado de una de las columnas de mármol gris, que sostienen un techo de vitrales por donde la luz entra, bañándonos de color.
Me siento formando parte de una película que se está filmando en 1930 y, mientras bajo escalón tras escalón, sigo dudando de mis sentidos.
“¿Realmente vi lo que ví?” -me pregunto varias veces. Algunas damas ya me han precedido. Desandando los pasos, van al toilette de damas, cambian sus trajes de lentejuelas por un vestidito fresco de florecitas amarillas y desatan sus guillerminas para colocarse unas sandalias sin talón y sin medias. Toman con renovada fuerza la bolsa con los tomates, el pollo y las papas y bajan a mi lado, transpirando, sin maquillaje, pero con unos ojos nuevos, con una mirada hecha de diamantes y con una sonrisa leve pero profunda que no se les borra ni por un solo instante en el trayecto de salida.
Bajan sin caminar las escaleras de mármol.
Todas ellas levitan y caminan a varios centímetros del piso, como sólo lo hacen las mujeres a quienes se les acaba de hacer el amor con amor y ternura.
Al final de la escalera y acariciando el pasamano de oro, me detengo de nuevo. Me despido del carnaval de caramelos y con el bandoneón aún haciéndome cosquillas en las entrañas, abro la puerta y salgo. Son casi las cinco de la tarde. La calle bulle de gente. Miles de personas caminando apuradísimas por las calles y cientos de taxis vestidos de abeja, buscando pasajeros.
La luz me enceguece. Me quedo en la puerta, parada, congelada, idiotizada, sin moverme ni un centímetro. Cierro los ojos -para oír mejor- y todavía puedo escuchar una voz, un susurro que canta:
“Miiiiiiii Buenos Aires queriiiiiido,
cuaaaaaando sho te vuelva a veeeer….”

Violentando mis ganas, abro de nuevo los ojos, muevo mis párpados una y otra vez.
Comienzo a caminar entre la gente -lenta, muy lentamente, como abotagada- y me voy incorporando nuevamente a la vida, paso a paso, poquito a poquito.
Me reencuentro con la vida, con la otra vida, con la que ocurre en la calle, con la cotidianeidad de la gente que trabaja, que se monta a toda prisa en un colectivo para viajar una hora y media o más, hasta llegar a su casa, limpiarla, cocinar y vigilar las tareas escolares de los hijos.
Me echo a andar, todavía con los sentidos embotados, como cuando uno acaba de despertarse de un sueño.
Cruzo la calle, camino una cuadra, doblo a la derecha y me detengo frente a una tienda, para mirar unas carteras y, de pronto, me encuentro frente a frente, con Isabel, una compañera de la Universidad. Nos besamos al vernos y al desprendernos del abrazo, oigo cuando ella me dice, comme d’habitude, en un incesante dejá ecouté: “¿Por qué no nos tomamos juntas un café?”.

Coral Arenas