martes, 12 de agosto de 2008

Foto de Coral Arenas

CORAL ARENAS

lunes, 11 de agosto de 2008

CORAL ARENAS


Psicologa. Escritora y crítica literaria. Orfebre. Pintora y decoradora de instrumentos antiguos, con técnicas medioevales. Calígrafa. Ilustradora de libros e iluminadora de textos.Nacida en Caracas, VENEZUELA.
Residente permanente en la REPÚBLICA ARGENTINA desde 1985.
Residente permanente de los EEUU desde 2004.
Como psicóloga, ha trabajado con pacientes crónico - terminales (renales y oncológicos) y con Violencia Doméstica. Domina el Castellano, Inglés, Francés y Alemán. 2003-2006 Miami, U.S.A. Asesora de la Fundación Brillembourg, haciendo de las Artes un espacio terapéutico.1995-2003 Buenos Aires, ARGENTINA Psico-oncóloga en el Hospital Alexander Fleming. Entre otros.

Coral Arenas "Sueño diurno"


Sueño Diurno por Coral Arenas

En el toilette de damas ocurren los milagros. Al trasponer la puerta sale una mujer nueva, con un vestido negro, descotado, muy ajustado al cuerpo, bordado con canutillos y lentejuelas y con una falda (una poshhera) que se abre –generosa, dejando ver el muslo y más allá también.
De los pies han desaparecido los mocasines y las Cenicientas ahora se empinan gracias a unos zapatos muy porteños -las guillerminas- que tienen una correíta que cruza el empeine. Otras se hacen más altas y esbeltas con unos zapatos con pulserita, con una tira fina de cuero, que se abraza el tobillo. Así, con el pie bien sujeto, el calzado no se saldrá del pie de la bailarina cuando ella comience a bailar apoyándose tan sólo en la punta del pie, acariciando el piso, sobándolo, rozándolo apenas, como si imitara el andar de los felinos.
Las damas, ya obrada la alquimia, se sientan a esperar en la primera fila. El caballero se acerca, la mira a los ojos, inclina la cabeza hacia un lado y luego hacia arriba, llamándola a estar con él con enorme rapidez y contundencia. Entonces la señora se levanta, también seria y haciéndose la esquiva... No es momento de sonrisas.
El avance de ella es lento, como si hubiera algo de desgano en esto de aceptar la invitación a bailar. Comienza a caminar, a arrastrarse sobre el piso con la punta de sus zapatos. Su calzado -algo raído en la punta y en el taco- espera con ella hasta que el compañero la toma entre sus brazos, coloca su mano derecha en la espalda, agarrándola estrechamente.
Ella abraza a su compañero con su brazo izquierdo y hunde su cara en el cuello de su pareja. Él mantiene su brazo derecho en una suerte de semi-rigidez y entonces comienza el momento en el que el macho comienza a ejercer el mando.
Este brazo derecho masculino -que hace de timón- y la diestra del caballero mentolado -que dirige los pasos- son los que indicarán a la dama -quien continúa seria- los movimientos que ella tendrá que hacer, obedeciendo siempre, acatando siempre, asintiendo siempre.
La mano masculina subirá o bajará por la espalda de ella.
La presionará con los dedos o con la palma.
Oprimirá aquí con el índice, el medio, el anular y el meñique o bien con el pulgar hendirá allá y la inducirá a barrer el piso con la suela de su zapato, arrastrándolo sensualmente de derecha a izquierda y ser apresada, si él decide juntar sus dos zapatos, aprisionando el de ella entre los suyos, plantándola en ese sitio, dejándola tiesa e inmóvil, durante un tiempo que sólo él podrá fijar.
La liberará y la empujará -displicente- o la volverá a abrazar -seductor- como en un juego enfermizo de un gato y un ratón que agoniza pero que no debe morir del todo, para que el gato perverso pueda volver a darle otro zarpazo y recomenzar el juego.
Así, la mujer aceptará el que su caballero la haga pivotear, girar, abrir y cerrar, hacer ochos hacia adelante o hacer ochos hacia atrás, deslizarse y frenar, quedarse inmóvil o bailar.
Poco importa lo que ella quiera, lo que ella desee. Al final, ella sólo desea complacer al otro.
Su compañero es quien la marca, quien decide qué sucederá durante esos tres minutos y qué no. Serísimo, él mirará entonces fijamente hacia un punto en el infinito, para así encontrar su centro, su eje.
Tras unos instantes de total quietud y concentración, él arrancará nuevamente el juego... A bailarla a ella, a jugar con ella, a quererla y a rechazarla, a enamorarla y a despreciarla.
Se pegarán sus pechos, ella sentirá lo que el otro le dice con sus pectorales. Él se acercará a su oído y le soplará suavemente -en voz muy queda- las reglas del juego, por si ella se atreve a olvidarlas:
“¡Entrégate!
¡Pegá tu mejilla a la mía!
¡Dejáte caer sobre mí !.
¡Así!. ¡Así!
¡ Pegá tu pecho al mío !
¡Pegálo!. ¡Pegáló!
¡Dejáte llevar! ”
¡Entrégate, te diiigo, che querida! ”.

El tango, este romance de tres minutos, es asunto serio. Él manda y ella asiente, obedece, se deja y se da. Él sigue mirando al infinito. Ella no es mirada. Al no ser vista, no tiene presencia, no existe. Lo que no se ve y lo que no se nombra, no es. Hay sólo un vacío... La mirada del otro y la palabra son las únicas claves que tenemos para saber que realmente existimos.
La mujer, grave, cierra los ojos, ya no ve nada, ni siquiera a sí misma. Pega su frente a él, se funde con él y como si fuese de arcilla fácilmente moldeable, toma su forma, se amolda a él, se pierde en él y se abandona.
Ella respira si él la deja.
Se mueve si él se lo permite.
Cede el control total de la situación y se cumple entonces el mandato eterno de
“¡Pensá menos y sentí más!”.

Del tango pasan ahora a la milonga. Son ya las cuatro de la tarde. Si sigo aquí, llegaré tarde a clases. Antes de bajar por las escaleras preciosas, volteo varias veces hacia atrás, tratando de guardar en mi memoria, como intentando sacar una fotografía imperecedera, aquello que acabo de contemplar, sin estar muy segura de haberlo vivido o de haberlo tan sólo visto y observado. Poco a poco, paso a paso, intento entender (con la cabeza, pues ya con mi alma lo había logrado) lo que durante hora y media presencié in absentia, vistiéndome de fantasma, mirándolo todo desde un costado de una de las columnas de mármol gris, que sostienen un techo de vitrales por donde la luz entra, bañándonos de color.
Me siento formando parte de una película que se está filmando en 1930 y, mientras bajo escalón tras escalón, sigo dudando de mis sentidos.
“¿Realmente vi lo que ví?” -me pregunto varias veces. Algunas damas ya me han precedido. Desandando los pasos, van al toilette de damas, cambian sus trajes de lentejuelas por un vestidito fresco de florecitas amarillas y desatan sus guillerminas para colocarse unas sandalias sin talón y sin medias. Toman con renovada fuerza la bolsa con los tomates, el pollo y las papas y bajan a mi lado, transpirando, sin maquillaje, pero con unos ojos nuevos, con una mirada hecha de diamantes y con una sonrisa leve pero profunda que no se les borra ni por un solo instante en el trayecto de salida.
Bajan sin caminar las escaleras de mármol.
Todas ellas levitan y caminan a varios centímetros del piso, como sólo lo hacen las mujeres a quienes se les acaba de hacer el amor con amor y ternura.
Al final de la escalera y acariciando el pasamano de oro, me detengo de nuevo. Me despido del carnaval de caramelos y con el bandoneón aún haciéndome cosquillas en las entrañas, abro la puerta y salgo. Son casi las cinco de la tarde. La calle bulle de gente. Miles de personas caminando apuradísimas por las calles y cientos de taxis vestidos de abeja, buscando pasajeros.
La luz me enceguece. Me quedo en la puerta, parada, congelada, idiotizada, sin moverme ni un centímetro. Cierro los ojos -para oír mejor- y todavía puedo escuchar una voz, un susurro que canta:
“Miiiiiiii Buenos Aires queriiiiiido,
cuaaaaaando sho te vuelva a veeeer….”

Violentando mis ganas, abro de nuevo los ojos, muevo mis párpados una y otra vez.
Comienzo a caminar entre la gente -lenta, muy lentamente, como abotagada- y me voy incorporando nuevamente a la vida, paso a paso, poquito a poquito.
Me reencuentro con la vida, con la otra vida, con la que ocurre en la calle, con la cotidianeidad de la gente que trabaja, que se monta a toda prisa en un colectivo para viajar una hora y media o más, hasta llegar a su casa, limpiarla, cocinar y vigilar las tareas escolares de los hijos.
Me echo a andar, todavía con los sentidos embotados, como cuando uno acaba de despertarse de un sueño.
Cruzo la calle, camino una cuadra, doblo a la derecha y me detengo frente a una tienda, para mirar unas carteras y, de pronto, me encuentro frente a frente, con Isabel, una compañera de la Universidad. Nos besamos al vernos y al desprendernos del abrazo, oigo cuando ella me dice, comme d’habitude, en un incesante dejá ecouté: “¿Por qué no nos tomamos juntas un café?”.

Coral Arenas