sábado, 20 de septiembre de 2008

Todo bien

Mi muy querida amiga,

Aquí estoy, querida mía, convertida en un ser absolutamente virtual.
No tengo identidad, ni aprobación para sacar la licencia de conducir. Aún no me han dado el permiso de trabajo y no tengo ni hogar, ni carro, ni teléfono ni nada. El celular no lo puedo comprar aquí, porque me piden los datos anteriores. No sé como se las arreglarán los inmigrantes…
Hoy, por ejemplo, tuve que hacerme una foto, para tramitar el permiso de trabajo. Cuando fui a la tienda de fotos, me explicaron el porqué de tanta complicación y de tantas instrucciones para lograr un simple retrato.
¡Ah! - me dijo la dueña- "You need an ear photo!" y el asunto es ese: hay que mirar hacia la izquierda, mostrando el perfil -y la oreja, derechos, para que los de inmigración te ensamblen en su record de orejas, porque dicen que es mas fiable que el de las huellas dactilares. ¡Y yo, que no entendí por qué me pedían tomarme la foto sin mis aretes puestos!
Es una orla increíble de trámites y si te equivocaste y se te fue un punto, la cadeneta no puede seguir y se te desbarata todo lo tejido. ¡Pobre Penélope!...

No quiero entrar en prejuicios, pero lo cierto es que a mí este sitio no me gusta del todo.
Pareciera que la gente y la ciudad están hechas de apariencias y de plástico, como si todo fuese un escenario en el que la vida transcurre como si se tratara de una mala película de ficción, lo malo es que yo soy la protagonista.

Espero que esta primera impresión pase pronto. El capitulo siguiente lo espero casi con temor…

Ya nos llegaron los dos camiones llenos de cajas, con toda nuestra vida metida en ellos, pero aún no hemos encontrado una vivienda en la que quepan nuestros 4000 libros, nuestros otros tantos CD, los tres instrumentos: el clavecín, el clavicordio y el estrenado virginal que, después de haber sido tocado tantísimo por su dueño, me temo que ya no le queda traza alguna de doncellez.
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De a poco, voy ordenándolo todas las mil y una cosas que hemos ido metiendo en el saco en lo dilatado y vasto de nuestra vida gitana.

Mis hijos me cuentan en telegramas con monosílabos: Luis Carlos está bien, trabajando muchísimo y muriéndose de frío en Ginebra.
Cecilia anda tristona, lidiando con su recién estrenada soledad, habitando nuestra casa de Buenos Aires, que aún no se ha vendido ni alquilado. No debe ser fácil para ella vivir en esa casa fantasma, con tantas ausencias presentes.

Perdona que no te haya escrito antes, pero es que aún estoy en duelo. Como dice García Márquez, el cuerpo viaja en avión, pero el alma viene por tren. A la mía como que me la montaron a lomos de burro, porque todavía no quiero y no puedo separarme de mi querida patria.


Todos los días hago 5 ó 6 llamadas a mis amigas. Que me suben el ánimo y me bajan las defensas. Será por la emoción, cuando corto tengo catarro o tos. Luego me recompongo. Me hacen mucha pero muchísima falta.Pero, no te aflijas, todo bien.

Cuando consiga casa y vuelva a tener existencia y consistencia, te volveré a escribir, para contarte quizá, que estoy feliz, que los gringos ‘me encantan’ y que el círculo cultural supera, con creces, al de mi Buenos Aires querido.

Te quiero mucho. ¡Muchísimo!
Hoy y siempre,
Coralitos.